Prólogo
La muerte siempre ha sido la única certeza, pero nunca antes había sido una elección tan silenciosa, tan seductora y tan absoluta. En el tejido del tiempo, los hilos de la existencia no se cortan; se enredan.
Lo que comenzó como una sombra en los rincones más oscuros de la historia —en los campos donde el humo de las chimeneas se mezclaba con el aliento gélido de la desesperación— ha regresado al presente bajo un nombre que suena a descanso, pero esconde un abismo: el Sueño Profundo. No es un virus, no es una bacteria, ni una herida que sangre. Es la rendición final del alma ante un mundo que ha dejado de ofrecer motivos para permanecer despierto.
Desde las costas brumosas de Bodega Bay, donde una joven pareja se enfrenta a un futuro que no pidió, hasta las oficinas de acero en Tokio y las celdas de castigo en Georgia, la humanidad ha descubierto un manual de autoeliminación indolora. Solo hace falta un deseo: el anhelo genuino de no sentir más. Y en ese instante, los párpados caen, una sonrisa casi imperceptible se dibuja en el rostro y el mundo continúa su giro, indiferente, restando un número más a la cuenta.
Pero esta "epidemia" no es nueva. Sus raíces se alimentan de la sangre vertida en Auschwitz, de las manos temblorosas de un tatuador llamado Jan y la resistencia silenciosa de una modista llamada Amandka. Ellos aprendieron, entre cercas de alambre de espino y el horror de la Solución Final, que la supervivencia es el mayor acto de rebeldía, pero que el sueño es el único refugio donde el verdugo no puede entrar.
Hoy, mientras los gobiernos intentan comprar la voluntad de vivir con promesas vacías y los hornos del pasado se vuelven a encender para gestionar el exceso de "durmientes", nos queda una pregunta: ¿Es el Sueño Profundo una maldición que nos aniquila, o es la última misericordia de un universo que ha olvidado cómo abrazar a sus hijos?
Adéntrate en este viaje a través de la memoria y el vacío. Porque a veces, para despertar a la verdad, primero hay que hundirse en el sueño más largo.
Capítulo 1
Amanda se quedó de ver con Víctor en aquel pequeño club de golf que estaba casi a las orillas del mar en Bodega Bay, un pequeño lugar no tan concurrido, pero a la vez acogedor, donde en las tardes de verano se podría ver un ocaso que al comienzo el sol de un amarillo claro convertía al cielo en un anaranjado deslumbrante. Fue ahí donde tuvieron su primera cita y tal vez sea el escenario de una despedida.
Víctor llegó en su Honda Civic del 2004, un auto que le heredó su hermano mayor poco antes de su partida. Llevaba consigo el sandwich que a ella le encantaba: una mezcla extraña de jamón, lechuga, tocino y mantequilla de maní, todo eso con un café con mucha crema. Él no se explicaba por qué a ella le fascinaba esa combinación, pero tampoco le importaba; solo quería verla sonreír cada vez que ella le veía. Pero esta vez sintió que eso no sucedería.
Víctor la vio sentada en su acostumbrado banco de metal, orientado hacia el mar. La vio desde una distancia no tan corta, pero percibió que algo no andaba bien con ella. Su mirada estaba dirigida a la playa pero tenía la sensación de que no miraba nada. Su mirada estaba perdida en algo que la preocupaba.
Decidió ir por detrás de ella para sorprenderla y así sacarla de sus pensamientos. Ella aún no notaba que Víctor la estaba viendo, cuando de repente escuchó por atrás:
—Una moneda por tus pensamientos.
Dio un respingo. No fue tanta la sorpresa de que Víctor se apareciese de sorpresa, sino que la voz no la reconoció al instante. Un tanto fastidiada y de mal humor le saludó distraídamente.
—¿Te asusta? —preguntó él.
—Tú qué crees.
—Lo siento, me dejé llevar por el momento.
—Está bien, no es gran cosa.
—No sé cómo te gusta comer esto —le dijo, entregándole el fiambre—, pero yo mismo lo hice para ti, ya que en ningún restaurante me atrevería a pedirlo; me mirarían extraño y luego recibiría una patada en el culo.
—Está bien —dijo ella, y recibió distraídamente la bolsa de papel donde estaba el sandwich y con la otra mano el café.
El silencio los envolvió un momento, pero luego ella añadió:
—Estoy embarazada.
—No es la conversación que esperaba —refutó él, fingiendo apatía.
—Nadie está listo para una conversación así, pero solo está sucediendo y ahora que ya empezó tenemos que decidir qué haremos.
Otra vez el silencio incómodo.
—No es lo que tenía planeado, Amanda. Aún no somos mayores de edad, apenas tenemos 16 años. Mi papá me matará, me quitará el auto que, aunque una chatarra, me encariñé con él.
—Disculpa si te arruiné la vida —dijo ella—, pero este bebé lo hicimos los dos. No vino por obra del espíritu santo; eso solo ocurrió una vez en la historia y no creo que mi bebé sea el mesías bíblico —añadió con un tono sarcástico.
—¿Lo piensas tener?
—Aún no lo sé, aún no sé nada.
—¿Es mío?
El amor que ella pensó sentir por él se desvaneció como por arte de magia. No lloró, ni gritó, no le insultó y no le reclamó por esa pregunta. Se levantó del banco, dejó la merienda en la arena de la playa, dio media vuelta y se alejó de él rumbo al estacionamiento. Él tardó en reaccionar al verla caminar hacia su carro y se dio cuenta del error que cometió, pero sintió que ya era tarde para enmendar lo que dijo.
—Lo siento —entonó él.
—No te preocupes, ya lo resolveré —acotó ella.
—Te dije que lo siento, solo fue una pregunta.
—No sé si quiero seguir con esta conversación, no veo por qué continuarla.
—Por favor no te molestes. Yo también estoy nervioso y con miedo, no sé cómo pudo pasar.
Ella, mirándolo fríamente, le respondió:
—Pues te diré cómo sucedió. Me dijiste que no iba a pasar nada cuando me estabas pasando la mano por mis pechos, en el asiento trasero de tu auto, cuando de a pocos quitabas mis pantis y me prometiste que como era mi primera vez no iba a pasar nada. Te creí. También yo tuve la culpa; te permití que continuaras, no porque te creía, sino también porque lo deseaba. Y míranos aquí, tratando de resolver qué hacer con esta nueva vida en mi vientre.
—¿Lo tendrás? —preguntó él.
—Aún no pienso en eso. No sé si lo tendré o lo daré en adopción. Son muchas cosas que pasan por mi cabeza.
Tuvo la esperanza, antes de encontrarse con Víctor, de que él podría darle su apoyo incondicional. Pero qué podría esperar de él, si aún eran niños. Esperé demasiado, tonta de mí, concluyó.
—Acaso no tengo derecho de opinar acerca del bebé. Pues no lo hiciste tú sola, también tengo parte en esto.
—Cuando ponga mis ideas en orden lo conversaremos. Ahora solo déjame ir a casa, luego te llamaré.
Cuando ya no tenían más que decir, él, con una mirada un tanto seria, un tanto nerviosa, le dijo: "Te amo." Y ella respondió: "Lo sé", y se fue.
La cólera, la pena y la rabia hicieron que derramara unas lágrimas de camino al estacionamiento, pero no permitió que Víctor se diera cuenta. Siempre tuvo la costumbre de parecer fuerte, aunque por dentro el llanto gritaba por salir. Arrancó de inmediato el auto para que no se notaran las lágrimas cayendo por su mejilla, para que no se viera la desesperación en su rostro y para que no la vieran vulnerable. Ya en el camino hacia su casa en Rohnert Park, no pudo más. Descargó su llanto, lloró a voz viva.
Miles de cosas pasaron por la mente de Víctor: un futuro arruinado, no poder realizar el viaje alrededor de Sudamérica después de acabar con la preparatoria, el bono que sus padres le prometieron al finalizar con buenas notas los estudios, la oportunidad de ingresar a una buena universidad en la que deseaba seguir estudios de medicina. Tantas cosas que perdería por la llegada de un bebé que no pidió venir a este mundo.
Se puso a caminar por largo rato, ignorando que detrás había dejado su auto en el parking de la playa. No le importó; solo quería caminar sin rumbo. Prendió un cigarro, en el camino vio unos árboles y se sentó al pie de uno de ellos. La caminata, el enterarse que será papá, más el día que estaba cálido, lo hizo sentir cansado. Decidió cerrar los ojos y se sumergió en un ligero sueño al pie de un sauce llorón. No tuvo un sueño profético, no tuvo una visión. Solo no soñó.
Amanda, por su parte, también tuvo su propia conversación mental con sus padres. Ella había crecido en una familia judía practicante. Sus bisabuelos fueron sobrevivientes del holocausto judío en Polonia, donde al terminar dicho conflicto decidieron emigrar a Norte América. Su historia se remontaba a la Segunda Guerra Mundial: se conocieron en Auschwitz. Él era el tatuador bajo las órdenes de las SS y ella se dedicaba a confeccionar los trajes de las damas nazis, en el mismo campo de concentración.
A pesar de que fue una modista habilidosa y que sus diseños eran del agrado de la alcurnia alemana, no tenía garantizada su supervivencia en aquel campo de exterminio. Pero con cada día que podía vencer a la muerte, aun con la cabeza siempre abajo ante cualquier soldado u oficial alemán, ya era una victoria personal. Podía tener acceso a algunos beneficios que ya habrían querido tener sus colegas de campo: podía tener pan con poco moho y embutidos casi frescos, trabajaba en el taller de sastres que gozaba de calefacción en los días de crudo invierno. Pero nunca se olvidaba de sus amigas de galpón que no tenían la misma suerte. A escondidas siempre reservaba un poco de pan, de salchichas y alguna que otra fruta, las cuales ofrecía a sus compañeras de penurias cuando caía la noche.
Por su parte, el tatuador, cuyo nombre era Jan, tenía que trabajar al aire libre ya sea invierno o verano. Trabajaba con rapidez, pues siempre tenía guardias que estaban sobre él, vigilando que las largas filas de prisioneros avanzaran rápidamente.
Hace muchas décadas atrás
Antes de ser tomado prisionero en Colonia, Jan trabajaba como arquitecto para el ayuntamiento de dicha ciudad. A sus cortos 30 años ya había diseñado el edificio de la ciudad y modernizado 3 parques. Su carrera estaba en ascenso. Era alto, de figura atlética, casado con su primer amor colegial, Irena, el amor de su vida. Con ella tuvo mellizos: Zofia y Filip, ambos de 3 años, eran la luz de sus ojos y la razón por la que se despertaba cada mañana.
Todo estaba bien en su vida. Pero era el año de 1939, y aquel fatídico viernes primero de septiembre, cuando los alemanes invadieron todo lo que él conocía. Primero le arrebataron su trabajo, luego no tuvo derecho a nada. Le dijeron que iba a ser trasladado a unos campos con toda su familia, donde podría ejercer con libertad su profesión. No tuvieron tiempo para alistar casi nada; solo empacaron unas cuantas maletas con ropas para ellos y sus niños. Los obligaron a subirse a unos trenes destinados para transportar ganado. El viaje duró 3 días en donde no podían sentarse, pues no había asientos ni dónde poder hacer sus necesidades. Al primer día de viaje se acabaron con el poco alimento y agua que habían podido sacar de su casa. Al tercer día, Zofia, su niña, no aguantó el viaje y murió por inanición y sed. Sintió que su mundo se derrumbaba. Su esposa Irena no encontraba consuelo.
Llegaron a Auschwitz en Oświęcim, al sur de Polonia, donde en la entrada principal se leía aquella infame frase: "Arbeit macht frei" (El trabajo os hará libres). Él aún traía en brazos a Zofia cuando al bajar del vagón del tren, un guardia de las SS le quitó de un tirón el cadáver de su niña y lo arrojó a una carreta donde estaban otros quienes no sobrevivieron a aquel fatídico viaje. Su esposa, al ver aquella escena, se desesperó y trató de liberarse de los brazos de los guardias que en esos momentos solo reían al ver el sufrimiento de sus víctimas. Un golpe con la culata de una escopeta la desmayó.
Jan, ante tal escena y sujetado por varios Kapos, se vio impotente para ir y socorrer a su esposa Irena, ante la mirada de desconsuelo y llanto de su pequeño Filip. Un golpe similar al propinado a su esposa le hizo perder la conciencia.
Cuando despertó, estaba dentro de una especie de barricada con varios galpones de dos pisos que fungían como camas. Al despertar con dolor de cabeza y de a pocos recobrando sus recuerdos, preguntó a un prisionero que estaba a su lado el lugar donde estaba y si sabía algo de su familia. El prisionero no respondió nada. La mirada que cruzó con otro prisionero lo dijo todo.
—¿Dónde estoy? —preguntó Jan.
—En Auschwitz, un campo de trabajo forzado —respondió el prisionero.
—¿Saben algo de mi familia? Vine con mis hijos y mi esposa. Mi pequeña Sofía no sobrevivió —le brotaron lágrimas al recordar a su princesa—. A mi esposa la golpearon en el rostro —continuó—, y mi pequeño Filip... No sé qué pasó con ellos.
Silencio.
Se dispuso a salir de la barricada, pero lo retuvieron. Le dijeron que era mejor así, que luego tendría noticias de los suyos, que si los guardias o los kapos lo vieran fuera de su galpón, le darían un tiro en la cabeza.
—No puedes salir aún —acotó aquel prisionero llamado Pawel—. No hay manera de que averigües nada ahora. Solo puedes esperar hasta mañana.
Pawel le ofreció una manzana. La mitad estaba casi podrida pero aún se podía consumir. Jan se dejó convencer y, agradeciendo el gesto, se dispuso a comer aquella manzana que en otras épocas había botado sin miramientos, pero que ahora era un símbolo de supervivencia contra aquella cruda realidad.
Aquella noche no pudo dormir. Los pensamientos y la imagen de su niña arrojada a aquella carreta con cadáveres le cercenaban la cabeza. El trato que le dieron a su esposa cuando la noquearon con ese golpe... Nadie tendría que pasar por esas experiencias atroces. La noche era muy larga y fría. Podía escuchar los ronquidos mezclados con los sollozos de otros prisioneros y alguno que otro pidiendo ayuda para aliviar el dolor que sus tripas producían al no tener nada que llevar a la boca.
Los guardias empezaron a tocar las trompetas un poco más de las 4 de la mañana. El amanecer estaba acompañado de un fuerte frío; había nevado toda la noche. Jan descubrió que no tenía la ropa adecuada para soportar tal clima, pero al darse cuenta, nadie tampoco lo estaba.
Al ver a un guardia se apresuró hacia él y le preguntó por Anna y Filip. El SS lo miró con arrogancia y repudio, y de un bofetón lo derribó. Jan no se dio por vencido. Se volvió a poner de pie.
—Creo que quieres un pase directo a los hornos —dijo aquel SS.
—Por favor, necesito saber dónde está mi esposa y mi hijo. Ayer llegamos en la tarde desde Colonia y nos separaron. Nos golpearon, me desmayé y ya no supe más nada de ellos —exclamó, tratando de apelar a los sentimientos de aquel guardia.
Tuvo la torpeza de mirar a los ojos de aquel recluta, y este, con una sonrisa de satisfacción en sus labios, sacó su revólver reglamentario y apuntando a su cabeza, le dio una última advertencia:
—Ponte a la fila, judío, si no quieres formar parte de aquel humo —señalando a lo lejos unas chimeneas que por su negra boca vomitaban una especie de humo y ceniza hedionda con olor a muerte.
Pawel, que estaba observando aquella escena, se apresuró con la cabeza gacha a disculparse en nombre de Jan con el guardia. El guardia propinó un bofetón a Pawel y le dijo que se llevara a ese idiota y lo hiciera formar en la fila.
Pawel, adolorido, le dio las gracias y susurrando a Jan le dijo: —Si nos pones otra vez en aprietos, yo mismo te mato.
Ya en la fila, Jan vio a otro prisionero con una maleta instalado en una mesa. Cuando llegó su turno, siguió el proceso que ya había observado: procedieron con el tatuaje de por vida en su antebrazo. 2581. Luego sacando sus conclusiones, descubrió que ese campo de concentración era demasiado grande para ese número de prisioneros. A la larga descubriría que se equivocaba.
Le dieron de comer una especie de líquido oscuro y lodoso que llamaban sopa, con un pequeño trozo de nabo y una pieza de pan mohoso. No le dieron más que diez minutos para que terminara de comer. Luego pasó otra inspección donde le encontraron un trabajo acorde a su figura y experiencia: albañil.
Jan, que no se daba por vencido, buscaba a su pequeña familia en los momentos cuando estaban construyendo una torre de vigilancia. Pawel que lo tenía como compañero de galpón se apiadó de él, no le prometió nada, pero dijo que vería qué podría hacer. Pidiendo la descripción de su esposa e hijo se marchó a sus labores.
El día se le hizo agotador y largo. Llegó la hora del almuerzo y con ello la misma sopa insípida y el mismo pan mohoso y duro. Cuando pudo estar a solas con Pawel le hizo la pregunta:
—¿Y averiguaste algo de ellos?
Pawel, que horas atrás había estado trabajando en la reparación de uno de los hornos, le relató todo con una mirada torva, vacía y desesperanzadora: una mujer con esa descripción llegó casi muerta después de que un guardia la había golpeado con tal fuerza en la cabeza al bajar del tren. La desnudaron, le quitaron sus prendas de valor, le raparon su rubia y larga cabellera y, aún con signos de vida, la metieron a uno de los hornos. Uno de los sonderkommando se apiadó de ella y, antes de que entrara al horno, la acuchilló en el corazón para que no sintiera el calor de las llamas consumirla. Del niño conservó un muñeco que tenía entre sus manos, aquel muñeco que su padre le regaló en su último cumpleaños.
Jan no lo tomó así cuando Pawel terminó su relato. Quería unirse a Anna, Zofia y Filip. Profirió un grito desgarrador de esos que contienen toda la tristeza y crueldad de la humanidad. Cayó de rodillas. Con sus manos desnudas se puso a cavar un hoyo para poder enterrarse ahí y no sentir que se estaba muriendo en vida.
Pawel le entregó el mechón de cabello de Anna y el muñeco de Filip.
—Si tan solo con un deseo de mi corazón pudiera morir aquí mismo —se dijo Jan—, pediría a Dios que lo deje ir al lado de su familia y no sentir ese dolor.
Los días pasaron. Ya no quería vivir. Casi no comía. Trabajaba y hacía sus cosas como un autómata. Al poco tiempo enfermó de tuberculosis. Un preso que se enfermaba de algo tan grave tenía en su destino casi una muerte asegurada. Pawel se apiadó de él y, entre todos sus compañeros, se turnaban para cubrir su trabajo mientras a él lo escondían en algún almacén hasta la hora donde tenían que retornar a los galpones.
Un día ya cansados del comportamiento de Jan, Pawel y el resto de sus compañeros decidieron hablar con él:
—¿Cómo te sientes? —preguntó Pawel.
Jan no respondió.
—Como verás —continuó Pawel—, todos aquí se están arriesgando demasiado en cubrirte el trasero y no vemos ninguna mejoría en ti. No comes, no quieres recibir las pocas medicinas que con tanto peligro traemos para que te recuperes.
—Pues yo no les pedí que hagan eso por mí —refutó un afiebrado Jan—. Solo déjenme morir. Díganle a algún guardia que me meta a los hornos, que me disparen o me ahorquen por rebelión. Inventen cualquier cosa. Me harían un favor y así los liberaría de esta responsabilidad.
—No te daré el sermón de que tu familia no querría que te comportes así. No los conozco, y sería en vano consolarte de esta manera. Por el contrario te diré: si sigues así, la muerte tuya será el menor de tus problemas, porque seré yo quien te recuerde a golpes el valor del esfuerzo de los que estamos aquí prisioneros.
Pawel levantó de un tirón a Jan y lo sacó a rastras al frío e inclemente clima del invierno.
—Te quedarás aquí por un buen rato hasta que recapacites. No te dejaré morir; eso sería un premio.
Pasaron unos minutos y ya sentía el frío entrar hasta sus huesos. Se paró y con la poca fuerza que tenía quería entrar de nuevo al galpón. Pawel le propinó un golpe con el puño a su estómago.
—¿Por qué haces esto? —preguntó Jan.
—Para hacerte recordar el valor de la vida.
Jan se arrodilló, no para pedir que lo dejara en paz, sino por impotencia por todo lo que le había pasado. La pérdida tan atroz de Irena, Sofía y Filip le cercenaba la cabeza.
Tal escena no conmovió a Pawel, pero de todas maneras lo dejó entrar al galpón. Ya en su litera se acurrucó en un rincón para poder tener algo de calor. La fiebre le subió. Alguien le hizo tomar un poco de agua y le dio un antibiótico. Otro compañero le arropó con un abrigo largo.
La primera vez que vio a Irena fue en la escuela, cursaba el último año de primaria. Era el primer día de clases cuando los padres de Jan se mudaron a Colonia por motivos de trabajo. Al ver a Irena por primera vez... no sintió nada, solo la vio y se sentó. Ya en el recreo se dispuso a sacar el fiambre que su mamá le había preparado, y que Irena le quitó de un manotazo. Nunca antes una niña le había hecho tal travesura. La persiguió hasta que le dio alcance y ella, al verse sujetada por el cabello, le pateó en la rodilla. Los dos se pusieron a llorar del dolor que ambos se produjeron.
No fue un buen comienzo. Pero desde ahí, Jan siempre le ofrecía una fruta o la mitad de su sándwich a ella, pues se sentía culpable por haberla jalado del cabello.
La fiebre retrocedió. Ya se despertó de ese sueño que más que un sueño eran memorias de aquellos días. Luego de rememorar ese momento en su cabeza, nuevamente se sintió triste, pero con deseos de continuar.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Pawel.
—Mejor. Creo que ya es hora de trabajar.
Pawel, acompañado de un prisionero que no pertenecía a ese galpón, le dijo:
—Aquí Josef es el tatuador de Auschwitz, y desde que a su ayudante los SS lo mandaron con el Doctor Mengele, no regresó. Entonces le permitieron buscar a un ayudante. Yo le hablé de ti, y tú, mi amigo, trabajarás con Josef tatuando los brazos de cada judío que entre aquí.
Josef le entregó un maletín y le dijo: "Manos a la obra." Al poco tiempo divisó a unos prisioneros llevando consigo unas carretas. Al recordar ese momento con su hija Sofía, casi vomitó. Se contuvo.
Por fin el tren paró. Abrieron las largas puertas y de ahí empezó todo el escalofriante espectáculo: bajaban de una sola vez hombres, mujeres, niños, ancianos, enfermos. A los enfermos mentales les disparaban sin miramientos. Los SS, con gritos, separaban a los que servían para trabajar. A los que no: ancianos, enfermos, niños menores de 9 años, en otras filas.
Primero fueron los hombres, luego las mujeres. Mientras Jan tomaba los datos de cada una de ellas, Josef las marcaba en el antebrazo. Trataba de hacerlo rápido y con cuidado para no hacerlas sentir dolor. Era lo menos que podía hacer ante tan cruel realidad.
(Si tan solo con desear la muerte ésta viniera a socorrerte y sumergirte en el sueño profundo, sin dolor y sin angustia, al ver tanta crueldad... eso sería la mejor opción.) pensó Jan.
Le llegó el turno a una mujer muy joven que tendría 20 años. La inexistente cabellera rapada por los SS y las facciones de terror y angustia no eran suficientes para opacar la belleza de su rostro. Un rostro tan hermoso que era doloroso. Una belleza que no hacía juego ante tal atroz escenario. Se la quedó mirando por un momento.
Amandka era su nombre. Y en la mente de Jan estallaron miles de ideas.
Capítulo 2 — Tiempo Presente
El Golden Gate, ese puente símbolo de la creatividad, trabajo duro y orgullo de los californianos desde la década de los años 1930, testigo de algunos acontecimientos históricos y también de muchos suicidios. Fue por muchos años el lugar preferido de muchas personas que quisieron renunciar a esta vida.
Elizabeth, una mujer en sus 30 abriles, caminaba con los brazos cruzados por el paso peatonal del Golden Gate. Solo hace unos meses atrás todo era felicidad. Trabajaba en lo que quería y disfrutaba de lo que hacía. Tenía su propia pastelería: Le Petit Pont, ubicado en la Mission Avenue. Había ido a Francia a especializarse en panadería y repostería y volvió a California a montar su negocio. Le tomó buen tiempo acceder a un préstamo del banco para empezar, pero cuando al fin lo logró, nada la detuvo.
Ahí conoció a Alonso, un hombre de contextura gruesa, con aspecto rudo, que tenía una constructora que daba trabajo a más de 60 personas distribuidas por varios lugares del Área de la Bahía. A primera impresión parecía un tipo de trato muy rudo, pero al contrario de esta, Alonso era de muy cortés y amable. Siempre llevaba 6 cafés sin azúcar y unos sándwiches de jamón, queso y huevo. Así, de la nada, al pasar de los días, se formó una pequeña comunidad en los interiores de Le Petit Pont.
El noviazgo duró 5 meses y al sexto ya era la señora de Alonso Carrasco. El matrimonio se realizó en el rancho. Le Petit Pont tuvo mucho éxito, tanto que decidieron abrir una sucursal en Healdsburg. Al año de casados ya tenían un bebé varón que de nombre le pusieron Malcolm. Cuando Malcolm cumplió 3 años, su mamá dio a luz a una hermosa bebé: la llamaron Dakota. Todo iba como en sueños.
El día en que empezó todo, el clima era muy hermoso. Alonso alistó a sus hijos en la mañana para ir de campo a Tamalpais, en el condado de Marin. Su mamá les daría alcance después, pues tenía que atender un catering en un evento organizado por la ciudad de Healdsburg.
Eran las 11 de la mañana. Alonso ya estaba a la mitad de camino hacia Marin cuando al Toyota Camry que estaba delante de ellos se le desprendió una llanta. La llanta rodó a gran velocidad hacia adelante, golpeó contra la parte trasera de un Chevrolet y al rebotar se elevó a unos metros en el aire. La velocidad con la que Alonso estaba conduciendo, más el tiempo en que la llanta estaba bajando, dio como resultado una ecuación perfecta para que esta entrara por el parabrisas delantero y golpeara como un proyectil el rostro de Alonso, haciendo que su camioneta se descarrile abruptamente y diera unas largas vueltas de campana. El camión que iba detrás transportando autos Honda frenó desesperadamente a pocos metros del Tundra, pero fue tan fuerte y repentino que los autos rompieron sus amarras y salieron por acción de la inercia hacia adelante, cayendo de lleno sobre la camioneta de Alonso, matando a todos los ocupantes del vehículo.
La ambulancia llegó 10 minutos después. El rostro de Alonso, o lo que quedaba de él, era una mezcla de pedazos de hueso, piel, carne y cerebro. Los niños no presentaban heridas superficiales, pero los golpes al momento del accidente por acción de las vueltas de campana, más el aplastamiento, hicieron que murieran en el acto. Sus pequeñas costillas rotas perforaron sus pulmones y pequeño corazón.
Elizabeth llegó más de una hora después. Una de sus mejores amigas, Mery, condujo el auto hasta el hospital. En el trayecto por la 101 reconoció la camioneta destrozada de Alonso al lado de la carretera siendo remolcada por una grúa. Pidió parar. Mery la hizo entrar en razón y siguieron rumbo al hospital. Elizabeth no pudo ahogar el grito de dolor y llanto. Temía lo peor.
El reconocimiento de los cadáveres fue lamentable y desgarrador. Los padres de Elizabeth llegaron de emergencia desde Europa. Estuvieron con ella en el funeral de sus 3 seres amados en el Oak Mount Cemetery en Healdsburg.
La vida le cambió como un parpadeo. El llanto constante de cada día dio paso a la incertidumbre, la incertidumbre dio paso al miedo, y el miedo dio paso a la depresión. Ya no estaba su familia. Jamás volvería a ver el rostro de sus niños cada mañana al prepararles el desayuno. Jamás podría despertar con el beso en la frente que Alonso le daba la bienvenida a cada mañana.
Sus días ya no tenían sentido. Ya nada importaba.
Y sin más nada, una madrugada de sábado, se levantó de su cama, en pijamas se fue a la cochera, arrancó su auto y condujo sin rumbo. Su mente la llevó hasta el mirador del puente Golden Gate. Con los brazos cruzados sobre su vientre se puso a caminar por el paso peatonal. Observó la parte más baja del barandal y bajo él uno de esos teléfonos de ayuda a prospectos de suicidas. Se dispuso a levantar el auricular para ver si encontraba alguna razón para seguir existiendo.
Al momento de caer al piso no sintió nada. Ningún dolor, ninguna señal. Solo sus párpados se cerraron y con una casi imperceptible sonrisa de satisfacción y tranquilidad, la vida de Elizabeth llegó a su fin. Ya nada importaba.
Capítulo 3
Al concluir la existencia de Elizabeth, al otro lado del mundo, en Japón, Taro había trabajado por 10 años consecutivos. La presión de la empresa donde trabajaba, Sumitomo, no le permitía tener vacaciones desde que entró siendo un muchacho de 20 años. Sus padres habían invertido mucho tiempo y dinero en el estudio de las finanzas en una de las universidades más prestigiosas del país. Ellos nunca tuvieron en cuenta la verdadera vocación de su hijo, que era ser un reconocido chef. Taro, por el miedo a ellos, nunca tuvo el valor de expresar sus verdaderos sentimientos.
Desde que entró a esa empresa siendo un pasante, no tuvo descanso. Las largas jornadas de labor, la presión de parte de sus padres recordándole siempre sus tradiciones, le hicieron mella en la cabeza. Actualmente estaba a su cargo una de las cuentas más importantes: llevaba el estado financiero de Toyota. Los problemas acarreados por algunos modelos de camioneta defectuosos hicieron que ajustaran muchos indicadores, y de eso se encargaba Taro con su equipo de 15 personas.
La presión deterioró su salud. Sufría de ansiedad. Aparentaba un señor de más de 40 años. Se le estaba cayendo el cabello. Fumaba demasiado. Y solo tenía 30. No tenía vida sentimental. Tenía un departamento pequeño en un barrio tranquilo y fuera del centro de Tokio, donde su soledad le aplastaba cada noche que llegaba del trabajo.
Hay una definición que en Japón se volvió popular hace un tiempo atrás: karō jisatsu (suicidio por exceso de trabajo). Algunos conocidos de él habían practicado ese acto final que por un tiempo parecía algo normal.
Eran las 11 de la noche en Japón, del mismo sábado donde Elizabeth dejó este mundo. Taro estaba solo, haciendo un recuento de lo que había pasado. En su mente ya nada tenía arreglo. Iba a vivir por Sumitomo y moriría por Sumitomo.
Trabajaba en el Sumitomo Fudosan Roppongi Grand Tower, el edificio de 231 metros. En el piso 40 estaba el área de finanzas, desde donde Taro tenía sus oficinas y una vista espectacular de la ciudad. Aquel sábado, con un vaso de whisky, se le ocurrió abrir la ventana que daba al vacío. Al momento que cogió la manija y la abrió, Taro no se lanzó. Solo se desvaneció. Sin dolor, sin queja, con los párpados cerrados y con una sonrisa casi imperceptible, murió en su oficina. Ya nada importaba.
Nadie supo cómo es que empezó aquella epidemia, si a eso se le podría llamar de tal manera. Solo que en el planeta se estaban viviendo hechos similares a los de Elizabeth y Taro. No solo eran personas comunes y corrientes; individuos que tenían una vida y ya no la querían vivir. Los casos se multiplicaron en territorios en guerra: la franja de Gaza, Ucrania, y otros conflictos que en esos momentos se vivían en diferentes partes del mundo.
Los casos más escalofriantes y surrealistas sucedieron en las prisiones, exactamente en las secciones del Death Row, en estados donde aún están permitidas las condenas a muerte, como Georgia. Algunos de ellos ya tenían muchos años esperando que les llegara su turno. Muchos se negaban a que ese día llegara. Muchos otros solo esperaban pacientemente.
En los campos de batalla, ante el horror de guerra, muerte y hambruna, muchos se decidieron desplazar buscando refugio. Y ante la desesperación, el deseo de acabar ahí, sin sentir dolor y sufrimiento, se concedió a mucha de esa gente en forma de sueño: una muerte indolora, sin miedo, con solo desearlo.
Solo después de que los militares tomaran muchas de esas poblaciones, con cientos de muertos regados en las calles ruinosas y destrozadas por constantes bombardeos, se percataron de que muchos de ellos ni siquiera fueron heridos por balas, ni por explosiones o alguna acción atroz. Solo vieron a personas sin vida, pero con una sonrisa casi imperceptible y los párpados cerrados, como si estuvieran en un profundo sueño.
Ya nada importaba.