La muerte siempre ha sido la única certeza, pero nunca antes había sido una elección tan silenciosa, tan seductora y tan absoluta. En el tejido del tiempo, los hilos de la existencia no se cortan; se enredan.

Lo que comenzó como una sombra en los rincones más oscuros de la historia —en los campos donde el humo de las chimeneas se mezclaba con el aliento gélido de la desesperación— ha regresado al presente bajo un nombre que suena a descanso, pero esconde un abismo: el Sueño Profundo. No es un virus, no es una bacteria, ni una herida que sangre. Es la rendición final del alma ante un mundo que ha dejado de ofrecer motivos para permanecer despierto.
Desde las costas brumosas de Bodega Bay, donde una joven pareja se enfrenta a un futuro que no pidió, hasta las oficinas de acero en Tokio y las celdas de castigo en Georgia, la humanidad ha descubierto un manual de autoeliminación indolora. Solo hace falta un deseo: el anhelo genuino de no sentir más. Y en ese instante, los párpados caen, una sonrisa casi imperceptible se dibuja en el rostro y el mundo continúa su giro, indiferente, restando un número más a la cuenta.
Pero esta “epidemia” no es nueva. Sus raíces se alimentan de la sangre vertida en Auschwitz, de las manos temblorosas de un tatuador llamado Jan y de la resistencia silenciosa de una modista llamada Amandka. Ellos aprendieron, entre cercas de alambre de espino y el horror de la “Solución Final”, que la supervivencia es el mayor acto de rebeldía, pero que el sueño es el único refugio donde el verdugo no puede entrar.
Hoy, mientras los gobiernos intentan comprar la voluntad de vivir con promesas vacías y los hornos del pasado se vuelven a encender para gestionar el exceso de “durmientes”, nos queda una pregunta: ¿Es el Sueño Profundo una maldición que nos aniquila, o es la última misericordia de un universo que ha olvidado cómo abrazar a sus hijos?
Adéntrate en este viaje a través de la memoria y el vacío. Porque a veces, para despertar a la verdad, primero hay que hundirse en el sueño más largo.
Capitulo 1: Capítulo 1: El silencio de Bodega Bay
Amanda se quedó de ver con Víctor en aquel pequeño club de golf que estaba casi a las orillas del mar en Bodega Bay, un pequeño lugar no tan concurrido, pero a la vez acogedor, en donde en las tardes de verano se podría ver un ocaso que, al comienzo, con el sol de un amarillo claro, convertía al cielo en un anaranjado deslumbrante. Fue ahí donde tuvieron su primera cita y tal vez sea el escenario de una despedida.
Víctor llegó en su Honda Civic del 2004, un auto que le heredó su hermano mayor poco antes de su partida. Llevaba consigo el sándwich que a ella le encantaba, una mezcla extraña de jamón, lechuga, tocino y mantequilla de maní; todo eso con un café y con mucha crema. Él no se explicaba por qué a ella le fascinaba esa combinación, pero tampoco le importaba; solo quería verla sonreír cada vez que ella le veía, pero esta vez sintió que eso no sucedería.
Víctor la vio sentada en su acostumbrado banco de metal, que estaba orientado hacia el mar. La vio desde una distancia no tan corta, pero percibió que algo no andaba bien con ella; su mirada estaba dirigida a la playa, pero tenía la sensación de que no miraba nada. Su mirada estaba perdida en algo que la preocupaba. Decidió ir por detrás de ella para poder sorprenderla y así sacarla de sus pensamientos. Ella aún no notaba que Víctor la estaba viendo, cuando de repente escuchó por atrás:
—Una moneda por tus pensamientos.
Dio un respingo; no fue tanta la sorpresa de que Víctor apareciese de improviso, sino que la voz no la reconoció al instante. Un tanto fastidiada y de mal humor, le saludó distraídamente.
—¿Te asusté? —preguntó él. —¿Tú qué crees? —Lo siento, me dejé llevar por el momento. —Está bien, no es gran cosa. —No sé cómo te gusta comer esto —le dijo, entregándole el fiambre—, pero yo mismo lo hice para ti, ya que en ningún restaurante me atrevería a pedirlo; me mirarían extraño y luego recibiría una patada en el culo. —Está bien —dijo ella, y recibió distraídamente la bolsa de papel donde estaba el sándwich y con la otra mano el café.
El silencio los envolvió un momento, pero luego ella añadió:
—Estoy embarazada. —No es la conversación que esperaba —refutó él, fingiendo apatía. —Nadie está listo para una conversación así, pero solo está sucediendo y ahora que ya empezó tenemos que decidir qué haremos.
Otra vez el silencio incómodo.
—No es lo que tenía planeado, Amanda. Aún no somos mayores de edad, apenas tenemos 16 años. Mi papá me matará, me quitará el auto que, aunque una chatarra, me encariñé con él. —Disculpa si te arruiné la vida —dijo ella—, pero este bebé lo hicimos los dos. No vino por obra del Espíritu Santo, eso solo ocurrió una vez en la historia y no creo que mi bebé sea el Mesías bíblico —añadió con un tono sarcástico. —¿Lo piensas tener? —Aún no lo sé, aún no sé nada. —¿Es mío?
El amor que ella pensó sentir por él se desvaneció como por arte de magia. No lloró ni gritó, no le insultó y no le reclamó por esa pregunta. Se levantó del banco, dejó la merienda en la arena de la playa, dio media vuelta y se alejó de él rumbo al estacionamiento. Él tardó en reaccionar al verla caminar hacia su carro y se dio cuenta del error que cometió, pero sintió que ya era tarde para enmendar lo que dijo.
—Lo siento —entonó él. —No te preocupes, ya lo resolveré —acotó ella. —Te dije que lo siento, solo fue una pregunta. —No sé si quiero seguir con esta conversación, no veo por qué continuarla. —Por favor, no te molestes, yo también estoy nervioso y con miedo, no sé cómo pudo pasar.
Ella, mirándolo fríamente, le respondió:
—Pues te diré cómo sucedió. Me dijiste que no iba a pasar nada cuando me estabas pasando la mano por mis pechos, en el asiento trasero de tu auto; cuando de a pocos quitabas mis pantis y me prometiste que, como era mi primera vez, no iba a pasar nada. Te creí. También yo tuve la culpa; te permití que continuaras, no porque te creía, sino también porque lo deseaba, y míranos aquí tratando de resolver qué hacer con esta nueva vida en mi vientre.
—¿Lo tendrás? —preguntó él. —Aún no pienso en eso, no sé si lo tendré o lo daré en adopción; son muchas cosas que pasan por mi cabeza.
Tuvo la esperanza, antes de encontrarse con Víctor, de que él podría darle su apoyo incondicional; pero ¿qué podría esperar de él si aún eran niños? “Esperé demasiado, tonta de mí”, concluyó.
—Acaso no tengo derecho de opinar acerca del bebé, pues no lo hiciste tú sola, también tengo parte en esto. —Cuando ponga mis ideas en orden lo conversaremos. Ahora solo déjame ir a casa, luego te llamaré.
Cuando ya no tenían más que decir, él, con una mirada un tanto seria y un tanto nerviosa, le dijo: “TE AMO”. Y ella respondió: “Lo sé”, y se fue.
La cólera, la pena y la rabia hicieron que derramara unas lágrimas de camino al estacionamiento, pero no permitió que Víctor se diera cuenta; siempre tuvo la costumbre de parecer fuerte aunque por dentro el llanto gritara por salir. Arrancó de inmediato el auto para que no se noten las lágrimas cayendo por su mejilla, para que no se vea la desesperación en su rostro y para que no la vean vulnerable. Ya en el camino hacia su casa en Rohnert Park, no pudo más, descargó su llanto, lloró a voz viva.
CAPÍTULO 1
Amanda se quedó de ver con Víctor en aquel pequeño club de golf que estaba casi a las orillas del mar en Bodega Bay, un pequeño lugar no tan concurrido, pero a la vez acogedor, en donde en las tardes de verano se podría ver un ocaso que, al comienzo, con el sol de un amarillo claro, convertía al cielo en un anaranjado deslumbrante. Fue ahí donde tuvieron su primera cita y tal vez sea el escenario de una despedida.
Víctor llegó en su Honda Civic del 2004, un auto que le heredó su hermano mayor poco antes de su partida. Llevaba consigo el sándwich que a ella le encantaba, una mezcla extraña de jamón, lechuga, tocino y mantequilla de maní; todo eso con un café y con mucha crema…
—Una moneda por tus pensamientos —dijo Víctor acercándose por detrás…
